Los rayos del sol iluminan mi rostro. Qué alegría, que calorcito. Esto es vida. Tengo que entrecerrar los ojos para no tener que tropezar con nadie y ver algo. Podría ponerme gafas de sol, pero alguien que yo conozco me diría que estando en invierno no debo llevarlas, que no soy una celebrity. Sigo andando por la calle con una sonrisa enorme, de esas que les salen a los niños cuando les dan un paquete enorme de gominolas, de esas que les salen a los ancianos al revivir un bello y lejano recuerdo.
No tengo nada ni nadie esperándome al final del camino, y tampoco me importa. Andar por andar, ésa es la cuestión. En mi mente suena Ella de Bebe, me llena de optimismo. Doy los buenos días a desconocidos, salto y bailo al son de la música, como en las peores películas americanas, esas pasteladas que, no me explico cómo, acaban siendo exitazos.
Me dirijo a la playa como si fuera verano, caminando armoniosamente, con magia en todo el cuerpo, con ese entusiasmo tan típico de los días soleados. Me quiero a mí misma como nunca, a veces una se lo merece.
El sol se refleja en el mar, es una pena que no haya nadie bañándose. Me descalzo y bajo. Mis pies sienten la arena congelada y se estremecen. En el fondo les gusta. Hay un montón de perros corriendo por la orilla, qué felices son. Yo también me acerco, soy un animal, al fin y al cabo. Las olas vienen y yo me alejo, pero en un momento, tan torpe como siempre, tropiezo, caigo y me empapo. Podría enfadarme o comenzar a llorar. Pero río, simplemente río con un sonido estúpido y mi cara más estúpida aún.
Río demasiado alto, sinceramente, creo que estoy un poco loca. Pero no puedo parar. Mientras rio canto, hoy vas a ser la mujer que te dé la gana de ser. Me rebozo por la arena mojada, y me convierto en croqueta, igual que hacía cuando era pequeña. La felicidad se encuentra en detalles tan pequeños, me cuesta darme cuenta de que más de una vez está al alcance de mi mano.
Las pocas personas que hay cerca me miran raro, pero qué me importa, no pueden sentir lo que siento yo. Esa libertad, ese espíritu de superar lo inalcanzable. Hoy me voy a comer el mundo, y mañana, por supuesto, también. Por muchos obstáculos que se me presenten en mitad de la carretera, yo seguiré adelante, ya que la máxima motivación de la vida, es vivir. Soy yo misma quien construye el camino, y no el camino quien me construye a mí. Decido levantarme, limpiarme y seguir adelante, siempre. Sin mirar atrás. Mi pasado vivirá en mi memoria día tras día, pero seré yo quien decida cómo usarlo para inventar mi futuro. Aún queda esperanza.

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