sábado, 31 de diciembre de 2011

Se acaba el 2011

Año tras año las calles cambian, los recuerdos cambian, la vida cambia y las personas cambian. La sociedad, en cambio, se mantiene intacta, como si de magia se tratara. Pero que no les engañen, no somos más que marionetas que mueven a su antojo. Suben un hilo y subimos un brazo. Lo mueven hacia atrás y luego hacia adelante, y le pegamos una cheta al prójimo. “Sin querer”. Ya ven, así de sencillo.

He de ser sincera y admitir que el 2011 ha sido un gran año, no voy a dar muchos detalles porque algunas personas ya sabrán a lo que me refiero. He madurado un poco, según mi madre me he hecho mujer. Y a mí me entra la risa. ¿Cómo sabes cuándo te conviertes en adulto? ¿Es la mayoría de edad un paso hacia ello? ¿Lo es algún acontecimiento importante en la vida? Quién sabe. Algunos pueden hacerse adultos con cinco años, y otros muchos pueden morir siendo niños de ochenta. Otros, por el contrario, se hacen adultos cuando pueden votar. Vaya por Dios, al final ese concepto de “adulto” no es más que un invento para hacer sentir inservibles a los niños, y viejos a los no tan viejos.

Ya me estoy yendo por las ramas.

El caso es que en este 2011 la sociedad podría haber sufrido una revolución gracias a movimientos como el 15M, pero no proseguimos hacia adelante, nos estancamos por simple comodidad, por miedo, por angustia. No sabemos qué sucederá en el futuro, y preferimos mantenernos arropados y calentitos bajo una deliciosa manta llamada bipartidismo, llamada dictadura, llamada democracia o llamada como al mandamás le dé la gana. Mmmm qué a gustito se está.

Esto es, por desgracia, consecuencia del conformismo (Sí, con algo de mi querido libro “El animal social” me he tenido que quedar, ¡viva la psicología social!).

Aún y todo, debemos darnos cuenta de que la vida nos ofrece cosas maravillosas: un día en la playa, un beso de la persona a la que amas, la sonrisa de un niño, un lugar paradisíaco al que jamás volverás, el mejor concierto que podrías imaginar, un sueño que se convierte en la meta de nuestro sino. Y el 2011, como cualquier otro año, nos ha traído algo de esto a todos nosotros. Simplemente deberíamos conformarnos con esto, ya que la base de la felicidad se encuentra en estas pequeñas cosas.

Ya lo dije hace tiempo, mi (ex) sueldo y mi status de estudiante no me permiten brindar con champagne, pero ahora que soy mayor de edad no tengo por qué mentir diciendo que bebo esa porquería del Carrefour que no tiene alcohol. C’est la vie! Los años pasan y nosotros nos mantenemos a su vera. En el tiempo y en el espacio todo gira y todo se para. Al son de una melodía que solo los más atentos pueden escuchar. Todo podría ser una mentira, fruto de nuestra imaginación, un teatro que nos creemos hasta convertir en nuestra realidad. Pero si es así, es una mentira exquisita que quiero saborear hasta el fin de mis falsos días.

No, no sabemos qué nos depara el futuro ¿Y qué? Nunca lo hemos sabido, pero si hemos llegado hasta aquí es que podremos llegar hasta allá. Por todo ello, brindo porque la gente confíe más en las buenas acciones, en sí misma y menos en la perfección que intentan imponernos los de arriba. Brindo porque todas las lágrimas que hemos derramado en 2011 se conviertan en 2012 en carcajadas que soltamos hasta que nos duele la tripa. Brindo por ustedes, y qué coño, brindo también por mí misma, que también me lo merezco. Disfruten de cada segundo. Nos veremos en el infierno el 21 de diciembre de 2012. :) ¡Hasta pronto!

lunes, 26 de diciembre de 2011

Optimismo


Los rayos del sol iluminan mi rostro. Qué alegría, que calorcito. Esto es vida. Tengo que entrecerrar los ojos para no tener que tropezar con nadie y ver algo. Podría ponerme gafas de sol, pero alguien que yo conozco me diría que estando en invierno no debo llevarlas, que no soy una celebrity. Sigo andando por la calle con una sonrisa enorme, de esas que les salen a los niños cuando les dan un paquete enorme de gominolas, de esas que les salen a los ancianos al revivir un bello y lejano recuerdo.

No tengo nada ni nadie esperándome al final del camino, y tampoco me importa. Andar por andar, ésa es la cuestión. En mi mente suena Ella de Bebe, me llena de optimismo. Doy los buenos días a desconocidos, salto y bailo al son de la música, como en las peores películas americanas, esas pasteladas que, no me explico cómo, acaban siendo exitazos.

Me dirijo a la playa como si fuera verano, caminando armoniosamente, con magia en todo el cuerpo, con ese entusiasmo tan típico de los días soleados. Me quiero a mí misma como nunca, a veces una se lo merece.

El sol se refleja en el mar, es una pena que no haya nadie bañándose. Me descalzo y bajo. Mis pies sienten la arena congelada y se estremecen. En el fondo les gusta. Hay un montón de perros corriendo por la orilla, qué felices son. Yo también me acerco, soy un animal, al fin y al cabo. Las olas vienen y yo me alejo, pero en un momento, tan torpe como siempre, tropiezo, caigo y me empapo. Podría enfadarme o comenzar a llorar. Pero río, simplemente río con un sonido estúpido y mi cara más estúpida aún.

Río demasiado alto, sinceramente, creo que estoy un poco loca. Pero no puedo parar. Mientras rio canto, hoy vas a ser la mujer que te dé la gana de ser. Me rebozo por la arena mojada, y me convierto en croqueta, igual que hacía cuando era pequeña. La felicidad se encuentra en detalles tan pequeños, me cuesta darme cuenta de que más de una vez está al alcance de mi mano.

Las pocas personas que hay cerca me miran raro, pero qué me importa, no pueden sentir lo que siento yo. Esa libertad, ese espíritu de superar lo inalcanzable. Hoy me voy a comer el mundo, y mañana, por supuesto, también. Por muchos obstáculos que se me presenten en mitad de la carretera, yo seguiré adelante, ya que la máxima motivación de la vida, es vivir. Soy yo misma quien construye el camino, y no el camino quien me construye a mí. Decido levantarme, limpiarme y seguir adelante, siempre. Sin mirar atrás. Mi pasado vivirá en mi memoria día tras día, pero seré yo quien decida cómo usarlo para inventar mi futuro. Aún queda esperanza.



domingo, 25 de diciembre de 2011

¿NAVIDAD?


He de empezar este pequeño fragmento de lo que sea simplemente comentando que para mí la Navidad no es una época especial, no siento mayor ilusión en estas fechas. Recuerdo cuando era pequeña y me parecía el mejor momento del año, la Bratz que tanto deseaba, que mis padres me dieran permiso para comer todo el foie que quisiera pese a mi incipiente barriga, acostarme tarde. Pero ahora esa sensación no es la misma.

Podría decir que estos días me parecen una excusa de los ricos y los capitalistas para gastar aún más dinero de lo normal, de las empresas para poder subir los precios hasta hacerlos inalcanzables, de los de clase media para parecer de clase alta. Los más pobres, en cambio, no tienen excusa, y aquellos que pueden permitirse comprar regalos, no van más allá de la humildad y de la austeridad. Pero esto simplemente es un punto más en mi falta de entusiasmo.

Cuando creía en el Olentzero (ese carbonero regordete que solo trae regalos a los suertudos de Euskal Herria) y en los Reyes Magos, era feliz. Esa inocencia infantil me llevaba a creer en la magia, como al resto. La noche anterior dejaba membrillo, chorizo, queso y vino en la mesa de la sala para que, cuando llegasen mis amiguitos, pudieran saciarse. Pero claro, así estaba mi padre como estaba. Me encantaba soñar con que me despertaba por la mañana y pillaba a alguno de ellos dejando los regalos al lado del árbol, y que me hacía prometer que no diría nada a nadie, que sería nuestro secreto.

Pero cuántas lágrimas derramé la tarde en la que vi un documental sobre la Navidad, empecé a hacer preguntas insaciables y mi amatxo tuvo que contarme la verdad. Qué bajón. Me sentí estúpida y engañada. Puede que lo fuera.

No me estoy quejando del pasado, repito que era más feliz que nadie. Pero esa fe ciega de lo imposible fue apagándose poco a poco, por mucha pena que me dé admitirlo. Y ahora me da rabia que la gente sea capaz de malgastar tanto dinero mientras algunos mueren de hambre a miles de kilómetros o a unos pocos metros de distancia, qué más da.

Me conformo con ver el espíritu inconformista de los niños, esas sonrisas de alegría por lo que los padres lo darían todo. La ilusión al abrir los regalos y ver que ese envoltorio brillante tiene dentro el mejor juguete del mundo… Y como la vida sigue su curso, y nosotros seguimos adelante con ella, quiero acabar este lo que sea diciendo que ahora soy feliz manteniendo una simple conversación con mi familia, a quien quiero muchísimo. Pues no hay mejor regalo que querer y ser querido. Por ello, feliz no Navidad a todos y a cada uno de ellos que se lo merecen. Sed felices todos los días, no sólo hoy, que, al fin y al cabo, este día no tendría que ser una excusa para mostrar amor, deberíamos mostrarlo todos los días, ¿No?


jueves, 22 de diciembre de 2011

El Sol

El sol está sentado en mitad del universo, peleando día tras día por conseguir la estabilidad entre esos planetas que se mueven elípticamente a su alrededor. Pero siempre se centra en ese planetita azul rodeado de cosas blancas llamadas nubes. Mira, observa y descubre. No puede controlar el deseo de los seres humanos. No solo el deseo de moverse, de callarse cosas que deberían ser escuchadas y de no callarse cosas inadecuadas, sino el deseo de descubrir cosas, de aprender, de renovarse, de investigar. De crecer, al fin y al cabo.

Pero los seres humanos, esas hormiguitas que trabajan por y para su reina (sea cual sea) no se conforman con el misterio, ni con la magia que tiene el no saber. No aguantan en la incertidumbre, tienen ambición y el Sol lo sabe, pero no entiende cómo no prefieren vivir en la ignorancia, como los niños, creyendo en Santa Claus, comiendo golosinas y pegando los mocos debajo del sofá (acto que muestra que más tarde no son ellos quienes lo limpian). Con lo fácil que sería sonreír y saludar.

Sabe que la felicidad está al alcance de muy pocos, más bien de aquellos que saben sacrificar sus conocimientos, separar la vida real de aquella utopía que sueñan en sus mentes, la perfección. Para el Sol no sería tan difícil hacerlo, después de llevar tanto tiempo intentando pensar como ellos, se cree capaz de mejorar sus errores, él no tropezaría dos veces con la misma piedra. Él estaría contento con tocar el agua, tumbarse en un prado o acariciar la mejilla de un ser amado.

Está ahí, inmóvil, queriendo ayudarles pero sin poder hacerlo. Ríe y llora con ellos, con sus historias, como si estuviera viendo la televisión. La evolución del ser humano es un culebrón sin principio ni fin. Se enfadan, discuten, se pelean e incluso se matan. ¿Qué lógica pueden tener esas acciones? Mientras él debe quedarse solo, desde siempre y para siempre, las personas, haciendo uso de sus recursos cognitivos y de sus mejores armas, luchan.

Pero por encima de todo, el Sol se pregunta a sí mismo por qué las personas, con lo chiquititas que son, no ven suficiente eso, disfrutar. Son demasiado complicados, -se dice a sí mismo- no se dan cuenta de lo que tienen hasta que lo pierden. Pero tampoco se dan cuenta de que poco a poco van perdiendo aquello que realmente quieren al intentar conseguir otra cosa que simplemente quieren tener.

El Sol llora, llora por culpa de los humanos. Llora por tanta crueldad y por tanta injusticia. Decide que, de aquí en adelante, mirará hacia otro lado cada vez que la gente grite en silencio, y murmulle en voz alta. Coge a sus fieles Mercurio, Venus, Marte… se levanta, y se va. Sale de la Vía Láctea. Y deja al planeta Tierra en la más profunda de las soledades, a oscuras. Si los seres humanos no son capaces de ver sus propios errores, será mejor que se acostumbren a no ver nada.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Sara

Sara lleva zapatitos de charol color granate, están un poco cascados, ya que por mucho que su madre le pida que se esté quieta, ella la ignora. Corretea por los prados, por las plazas, por los parques, incluso por las tiendas. “Ni que fuera a convertirse en atleta”, piensa su madre. Tiene el pelo cortito y algunos bucles. Sus mejillas son rosadas como las de Heidi, pero ella no tiene a Copito. Su nariz es pequeñita como sus manos, de niña. Sus ojos son color miel, enormes. Es la más bonita de todo el barrio, o al menos, eso le dice su abuelo.

Su madre le riñe cada dos por tres, pero le da igual, porque cada noche la arropa en su cama, le lee el cuento de Los Chivos Chivones y se queda dormidita, mientras le acaricia la cara con suavidad, y después le da un beso en la frente. En esos momentos se acuerda de cuando era un bebé y la acurrucaba mientras le cantaba una preciosa nana, todavía recuerda esa melodía, la tiene clavada en su diminuta mente. Tiene el sueño profundo y se puede escuchar el silbido de su respiración. Se convierte en un angelito.

No suele llorar a menudo, sólo cuando de tanto correr tropieza y cae, y se hace una herida roja-roja, de esas que pican mucho, en la rodilla. Pero no llora porque se haya hecho mucho daño, sino porque, cuando alguien oye un grito se acerca adonde ella y la coge en brazos, ya sea su madre, su padre, sus abuelos… Le gusta sentirse querida. Cuando la herida se seca y se convierte en postilla, se rasca hasta quitársela, pero entonces vuelve a picarle, y es cuando le echan la bronca.

Le gusta colorear y escribir cuentos que más tarde enseña en casa. Todos le dicen que son muy bonitos, y cada día inventa más historietas. Juega con todos los niños y niñas de la escuela, incluso con ésa que siempre tiene un moco seco pegado y cuando se da cuenta se lo come. Ella, la primera vez que la vio hacerlo, la imitó, pero no le gustó mucho el sabor, y ahora le da un poquito de asco, pero no le dice nada.

Otra cosa que le desagrada es la barba de su papi. Cuando le pide que le dé un besito hace como que no le ha oído, pone morritos y, obviamente, al final, acaba dándoselo. Pero se queja, pincha mucho y le jura que nunca más volverá a besarle, aunque ella sabe perfectamente que es mentira y la siguiente vez que le ve se lanza a sus brazos. En el fondo es muy cariñosa.

Cuando le preguntan por su juguete favorito responde que es la muñeca Terese, la niña rosa de las tres mellizas, porque es la más lista, y sabe resolver todo tipo de problemas cuando pregunta la profesora. Ah, y también porque siempre es ella la que descubre qué tienen que hacer sus hermanas. Es igual que ella, que si no dice nada, los demás no saben por dónde seguir. ¡Aaaay! Cuánta paciencia tiene.

Se ríe mucho, con carcajadas contagiosas, además. Puede que sea esa risa infantil la que la hace una niña tan especial. Le gusta tanto observar que se ha convertido en una señorita muy espabilada. Y lo sabe, se quiere a sí misma tanto como quiere a toda su familia y a todos sus amigos. Todos le dicen lo inteligente, guapa y rica que es.

No se preocupa por la ropa, ni por lo que piensen los demás, ni por la edad. Su mayor miedo es que su madre la abandone en mitad del desierto, pero pocas veces sueña con ello. Es pura alegría, una criatura inocente. Es pequeña y puede que ignorante, pero qué más da, es más feliz que todos nosotros juntos.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Olvido

Olvido, recuerdo tan bien el día en que te conocí. Eras tan hermosa y deseable... Guardo en mi mente perfectamente cada detalle del momento. Una imperfecta lucidez de mi presente me permite, de vez en cuando, mantenerte en los dos hemisferios de mi cerebro, aunque hayan pasado meses, años e incluso décadas.
¿Pero dónde estás cuando te necesito? No te siento físicamente, Olvido. Ya no eres mía, no me perteneces y ni siquiera sé si alguna vez lo hiciste. Lo que me importa ahora es que me gustaría poseerte como antaño, como en aquellos tiempos en los que todo era magia, sabiduría y felicidad. No conocíamos el resentimiento, el miedo al futuro o las heridas que partían el corazón en dos.
Sin embargo, todo ha cambiado. Ya no creo en tener el mundo en mis manos, no sin ti. Mientras más te alejas más cosas se me vienen encima, la ilusión se desvanece. Ya no somos uña y carne.
Te busco entre mis sábanas, entre las sábanas de otros y otras, en acciones banales, en palabras que no concuerdan con lo que tengo adentro. No consigo hallarte, y este extremo se me hace eterno. Sonrío sin ganas, hablo cuando más falta me haría callarme. Tiemblo.
Si no vuelves, yo me voy. No consigo seguir adelante, me marcho. Las lunas pasadas se me hacen difusas, las noches en vela son tan amargas...
No es un adiós, sino un hasta luego. Volveremos a encontrarnos, lo sé, Olvido. Seguirás intacta, menuda y valiente, comiéndome la oreja sin que yo te lo pida, pero siempre trayéndome un rayo de esperanza a esta locura exquisita que es la propia vida.