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jueves, 22 de diciembre de 2011

El Sol

El sol está sentado en mitad del universo, peleando día tras día por conseguir la estabilidad entre esos planetas que se mueven elípticamente a su alrededor. Pero siempre se centra en ese planetita azul rodeado de cosas blancas llamadas nubes. Mira, observa y descubre. No puede controlar el deseo de los seres humanos. No solo el deseo de moverse, de callarse cosas que deberían ser escuchadas y de no callarse cosas inadecuadas, sino el deseo de descubrir cosas, de aprender, de renovarse, de investigar. De crecer, al fin y al cabo.

Pero los seres humanos, esas hormiguitas que trabajan por y para su reina (sea cual sea) no se conforman con el misterio, ni con la magia que tiene el no saber. No aguantan en la incertidumbre, tienen ambición y el Sol lo sabe, pero no entiende cómo no prefieren vivir en la ignorancia, como los niños, creyendo en Santa Claus, comiendo golosinas y pegando los mocos debajo del sofá (acto que muestra que más tarde no son ellos quienes lo limpian). Con lo fácil que sería sonreír y saludar.

Sabe que la felicidad está al alcance de muy pocos, más bien de aquellos que saben sacrificar sus conocimientos, separar la vida real de aquella utopía que sueñan en sus mentes, la perfección. Para el Sol no sería tan difícil hacerlo, después de llevar tanto tiempo intentando pensar como ellos, se cree capaz de mejorar sus errores, él no tropezaría dos veces con la misma piedra. Él estaría contento con tocar el agua, tumbarse en un prado o acariciar la mejilla de un ser amado.

Está ahí, inmóvil, queriendo ayudarles pero sin poder hacerlo. Ríe y llora con ellos, con sus historias, como si estuviera viendo la televisión. La evolución del ser humano es un culebrón sin principio ni fin. Se enfadan, discuten, se pelean e incluso se matan. ¿Qué lógica pueden tener esas acciones? Mientras él debe quedarse solo, desde siempre y para siempre, las personas, haciendo uso de sus recursos cognitivos y de sus mejores armas, luchan.

Pero por encima de todo, el Sol se pregunta a sí mismo por qué las personas, con lo chiquititas que son, no ven suficiente eso, disfrutar. Son demasiado complicados, -se dice a sí mismo- no se dan cuenta de lo que tienen hasta que lo pierden. Pero tampoco se dan cuenta de que poco a poco van perdiendo aquello que realmente quieren al intentar conseguir otra cosa que simplemente quieren tener.

El Sol llora, llora por culpa de los humanos. Llora por tanta crueldad y por tanta injusticia. Decide que, de aquí en adelante, mirará hacia otro lado cada vez que la gente grite en silencio, y murmulle en voz alta. Coge a sus fieles Mercurio, Venus, Marte… se levanta, y se va. Sale de la Vía Láctea. Y deja al planeta Tierra en la más profunda de las soledades, a oscuras. Si los seres humanos no son capaces de ver sus propios errores, será mejor que se acostumbren a no ver nada.