domingo, 13 de noviembre de 2011

Guerra interna

Me levanto y pienso, río y pienso, lloro y pienso, me acuesto y pienso. Mas no existo porque pienso, sino que pienso porque existo. Pensar es una acción humana invisible pero existente. Pensamos con la cabeza, amamos con el corazón. Y cuando esto ocurre al revés, la cagamos. Sin más. La razón y los sentimientos, los hechos, lo que captamos a través de los cinco sentidos (algunos creen poseer seis) se contradicen demasiado a menudo. Y ya ocurría en la Edad Moderna, con empiristas como Hume o Locke y con racionalistas como Descartes.

¿No habéis sentido nunca esa pelea entre el dejarse llevar y planificar cada detalle para no pifiarla, gritar lo que sentís y callarse por miedo, hacer lo que deseáis e impedíroslo? Estoy segura de que así es, no puede pasarme sólo a mí. La experiencia o la razón para conseguir la sabiduría máxima, para inventarnos a nosotros mismos.


A veces no sé qué es lo correcto, lo que debería hacer, si debería seguir mi instinto, dejar de controlarme y hacer lo que quiero, ser libre, tomar mis propias decisiones sin pensar en los demás, tomar las riendas de mi destino. O por otro lado, ser conformista, hacer lo que la gente espera de mí, pensando en el qué dirán, tratar de no herir a nadie, ser una buena persona.

La vida es demasiado breve como para comernos tanto la cabeza, pero también es demasiado intensa y complicada como para no hacerlo. Todas esas locuras que no se quedan más que en nuestro interior, como un deseo, acaban frustrándonos. Pero si las hiciéramos realidad, todo lo que conocemos, nuestro día a día, nuestras costumbres e incluso nuestro criterio se verían afectados. Y por ello es por lo que preferimos quedarnos sentados en el sofá mirando la tele sin ver nada, oyendo a nuestro yo más rebelde y revolucionario pero sin escucharlo.

No nos atrevemos a arriesgarnos por todo lo que podríamos perder, ¿Pero y si por intentar ser buenas personas, por quedarnos de brazos cruzados, perdiésemos todavía más?

Vaya dilema, como cuando en las películas aparecen el demonio y el angelito en cada hombro del protagonista. Y yo, mientras ellos se quedan discutiendo, me decanto por salir a la calle a disfrutar del sol y del viento en la cara. No me importa que se me revuelva el pelo, la belleza está en el interior. Ah, y claro, dejo que ellos tomen la decisión por mí, podré ser buena persona o no serlo, pero lo que tengo claro es que en esta guerra interna la que peor puede salir parada soy yo misma.

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