Una vez me dijeron que era una artista. Una poeta. Una de esas personas que no se encuentran con facilidad.
- Perdóneme, pero no estoy de acuerdo, – contesté yo – no soy más que el inútil resultado de la frustración. Solo soy una observadora de este mundo. Una inventora de lo que mi propia imaginación me desvela. Eso es todo, soy persona; un ser humano que convierte sus más descabellados secretos en palabras y más tarde en historias. Al fin y al cabo, cada humilde signo, letra o sonido solo necesita algo de sintonía y armonía para convertirse en lo que es, un arte absurdo, platónico, idílico e incomprensible.
Y así, sin más preámbulos, salí de la sala y me dirigí a la nada, cabizbaja como siempre y sumergida en mis pensamientos, silbando la misma canción que silbaba mi padre en sus momentos de nostalgia.

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