viernes, 18 de noviembre de 2011

Kalean



Marta deambulaba por las calles en penumbra. No tenía dinero, ni amigos, ni un lugar al que ir. La falta de alimentación era visible en su extrema delgadez. Tenía los pómulos marcados, la clavícula saliente y hacía meses que había perdido la menstruación, ya ni siquiera se acordaba de ella. No pasaba hambre, ya que no podía sentir nada. Su estómago se había acostumbrado a las sobras semanales del súper, su piel ya no notaba el frío del profundo invierno, su espalda se acomodaba perfectamente en el suelo de mármol del cajero. Tenía carencias, miles, mas no añoraba nada, ningún objeto, ni ningún sentimiento. Hacía tiempo que había perdido la esperanza. Ni sentía, ni padecía.

Pedía en las esquinas de las calles abarrotadas de gente, pero rara vez le daban algo más de veinte céntimos. Era el último mono, lo sabía y no le importaba. Ni se sentía inferior, ni peor persona, ni necesitada. Ella, en sus tiempos, tampoco habría ayudado a un indigente. El hedor, la suciedad, la forma de hablar y el vacío de sus ojos apartaban a la gente. La temían. Ella. Sentada en la acera, acurrucada, tapada con mantas agujereadas. Formaba parte de los indeseables.

La primera vez se echó a llorar.
- Mamá, mira esa chica, tiene bichitos a su alrededor como Rex y encima huele peor que el baño después de que papá haya estado dentro treinta minutos.
- Calla hijo, ni la mires.
¿Quién era ese monstruo, y qué había hecho con la antigua Marta? Pero esto sólo se cruzó por su cabeza, como he dicho, unos pocos días.

Las primeras semanas vivir así se le hizo tan duro que probó suerte con la prostitución. Pero eso no es plato de buen gusto, para nadie, ni siquiera para el más pobre. No supo afrontar la situación, el dinero no tenía preferencia respecto a su dignidad.

También se sumergió en el mundo de la droga por unos meses, pero no le iba eso de meterse para proseguir en su día a día. Prefería dar paseos por la playa, por el parque, relacionarse con otros como ella en asociaciones especializadas. Sin embargo, lo más curioso es que nunca hacía amigos. No quería crear lazos con nadie, la gente le había demostrado que cuando más la necesitas es cuando más rápidamente te da la espalda. No se fiaba ni de su sombra. No comentaba los sitios en los que dormía, de dónde sacaba la comida, la ropa, y mucho menos daba pistas sobre los txokos en los que las abuelas más ricas, esas que votaban a la derecha y vestían pieles, pasaban las tardes fardando de historias inventadas.

No había robado nunca, ni pensaba hacerlo. Al menos, podía tener la conciencia tranquila. Era tentador eso de sisar una barra de pan, una pieza de fruta, unas míseras gominolas, pero siempre conseguía salir adelante con las porquerías de la basura, ya no tenía ningún reparo en vaciar los containers.

Marta había sido muy hermosa, mas esos cabellos que antaño eran naranjas con la luz del sol se habían vuelto casi del color de la ceniza, sin brillo; sus ojos que un día fueron azul mar eran hoy de un color difícilmente descriptible. Había malvivido, había sufrido innumerables formas de maltrato. Dolor, angustia, soledad. Ésa era la nueva Marta. Ésa era su rutina, la desolación su presente, su yo más desarraigado, y el conjunto de todo ello, el único futuro que la esperaba, o lo que es peor, que ni siquiera la estaba esperando a ella.














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